jueves, 29 de enero de 2015

El endeudamiento exterior y la crisis de la deuda.

Si hay tantos obstáculos para encontrar el ahorro interior necesario para la formación de capital, ¿por qué no recurrir más a las fuentes extranjeras? ¿No nos dice la teoría eco- nómica que un país rico, que ya ha aprovechado todos sus proyectos rentables de inversión, puede beneficiarse él mismo y beneficiar al receptor inviniendo en proyectos rentables en otros países? De hecho, hasta 1914 el desarrollo económico se pro- dujo de esa forma. 
Durante el siglo pasado, Gran Bretaña ahorró alrededor de un 15 por ciento de! PIB e invirtió la mitad en el extranjero. Durante la mayor parte del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y otros países avanzados prestaron grandes sumas a los países en vías de desarrollo. Las cifras relativas a la inversión extranjera en los países de renta baja y media indican que las transferencias de capital fueron muy elevadas: los prés- tamos extranjeros ascendieron, en promedio, a 112.000 millones de dólares anuales en el período 1980-1982. Los inversores de los países ricos enviaban sus fondos a otros países en busca de mayores rendimientos que los que podían obtener en el suyo; los países pobres, ávidos de fondos para financiar los proyectos de inversión o incluso el consumo, acogían con agrado este flujo de capital extranjero. 
Sin embargo, a principios de los años ochenta el grado de endeudamiento exterior de los países en vías de desarrollo era ya insostenible. La deuda total pendiente creció cerca de un 20 por ciento al año y aumentó en casi 500.000 millones de dólares entre 1973 y 1982. Algunos de estos préstamos se utilizaron con buen fin en inversiones en prospecciones petrolíferas, fábricas de textiles y maquinaria para la extracción de carbón, pero parte se limitó a elevar los niveles de consumo. Mientras las exportaciones de estos países crecieron a la misma tasa, todo fue bien. Pero al subir los tipos de interés internacionales y desacelerarse la economía mundial después de 1980, muchos países se encontraron con que su estrategia de préstamos e inversión los había llevado al borde de una crisis financiera. Algunos (como Bolivia y Perú) necesitaban todos los ingresos por exportaciones simplemente para pagar los intereses de su deuda exterior. Otros se vieron incapaces de cumplir el calendario de devolución de su deuda. Casi todos los países en vías de desarrollo endeudados estaban tambaleándose como consecuencia de las elevadas cargas de la deuda (es decir, la necesidad de devolver los intereses y el principal). 
Como consecuencia, un país tras otro, especialmente los grandes países iberoamericanos, se vieron en la imposibilidad de pagar los intereses y tuvieron que «renegociar» su deuda, o sea, posponer su devolución. A mediados de los años noventa, el mundo había aprendido a vivir con las grandes deudas pendientes de muchos países en vías de desarrollo. Aunque los países más pobres no se han visto obligados a pasar hambre para devolver su deuda, los préstamos de los países ricos a los pobres han avanzado lentamente en comparación con períodos anteriores.

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